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Él o ella. Depende

En casa es él. En presencia de sus padres todavía es ella. De cara a sus amigos es él. En compañía de sus compañeros de despacho es él o ella dependiendo de con quién esté. Para mis padres es él aunque rezan a diario para que vuelva a ser ella. Para uno de mis hermanos es ella, se niega a que alguien sin pene en el momento de nacer sea un verdadero hombre (me lo dijo tal cual). Para mi otro hermano es él, aunque no lo entiende bien (pero tampoco le preocupa, eso es cosa mía).

Si  me equivoco  se enfada  porque he puesto  en  peligro  su masculinidad o porque he hablado demasiado, según el caso. Tengo suerte de ser extranjera. Los que no lo saben se lo explican apelando a mi falta de conocimiento del español o a que no han entendido mi acento. Pobrecita, se habrá equivocado.

Sueño con él, hablo con él, pero cada dos por tres tengo que  controlarme, corregirme y hablar de ella porque están presentes su abuela, sus padres o algún vecino. En este sentido estoy aún más ansiosa que él por que empiece ya la transición y se acabe esta ambigüedad.

Pero tú ¿qué eres?

Resulta curioso cuando la propia identidad está relacionada con la identidad de la persona con la que sales. Yo ¿qué soy? Cuando estuve soltera siempre me definí como bisexual o bicuriosa. He salido con más hombres que con mujeres, quizás porque me ha resultado mucho más fácil. Hay un patrón para ligar con hombres que es mucho más fácil de replicar que en el caso de una mujer.

Así que cuando estoy con un hombre, soy hetero. Pero cuando estoy con una mujer, soy gay. Y siendo como soy una persona con fuertes convicciones, esa definición incluye todas la reivindicaciones que conlleva ser abierta (y quizás agresivamente) lesbiana.

Empecé a salir con A. cuando él era mujer. Aunque para entonces ya sabía que era transexual, yo no lo descubrí hasta unos meses después de conocernos (al poco tiempo de empezar a salir juntos). La situación quedó al descubierto una vez que comenzamos a vivir juntos. Así que, mientras mis padres y mis hermanos todavía estaban haciéndose a la idea de que su hermana/hija era lesbiana de forma oficial, yo me había vuelto a “convertir” en heterosexual, aunque solo de cara al círculo selecto de los que “sabían” que A., en realidad, era un hombre.

Mi identidad en cada momento dependía de si el interlocutor conocía la identidad de género de mi pareja.

También me doy cuenta de que me inhibo en algunos aspectos en los que quizás me implicaría mucho más en circunstancias normales. No participo en jornadas de lesbianas porque anticipo que me excluirán en el momento en que A. salga del armario trans. Un entorno en el que siempre me ha sentido a gusto ahora lo veo como un campo de batalla en el que tengo que vigilar qué pronombre uso cuando hablo de mi pareja. Porque ese pronombre cambia mi propia identidad sexual, o por lo menos la parte de la identidad que me viene asignada desde fuera.