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Pasando por lesbiana

Hemos hecho un viaje en grupo. Un viaje para mujeres lesbianas. Durante una semana A. volvió a su papel de lesbiana y por lo tanto yo me transformé también en lesbiana. Fue una experiencia muy curiosa.

Normalmente nos movemos más en círculos heterosexuales, no solo por vivir en la ciudad donde vivimos sino también porque yo soy la más social de la pareja y mi círculo de amigos es más heterosexual que gay, quizás porque toda esta distinción siempre me ha dado bastante igual.

También es más fácil ser bisexual en un mundo heterosexual que en un mundo gay. A los heteros les parece curioso pero a los gays les parece un insulto o una traición, así que intento evitar el tema en esos círculos.

En este viaje fui lesbiana por las circunstancias.

Lo que me resultó más difícil fueron los pronombres. Estoy tan acostumbrada a referirme a A. en masculino que me lié más de una vez. Menos mal que soy extranjera y que por eso los demás piensan que, simplemente, no domino los tecnicismos del idioma. Además no tengo gaydar, es decir, no detecto sin más a las entendidas. Necesito a A. para navegar por este mundo porque sino no me entero. Esto, a los ojos de A., me convierte en heterosexual, una etiqueta que tampoco me sienta muy bien  porque no es la primera vez que me he enamorado de una mujer (la última era heterosexual, así que tampoco me sirvió de mucho).

Me llevé bien con el grupo pero al mismo tiempo me di cuenta de que me falta una buena dosis cultural para terminar de integrarme. Ser lesbiana y parecer lesbiana no es lo mismo. Quizás es lo más cerca que he llegado a estar de la experiencia de A. de ser y parecer. Él es hombre pero todavía no lo parece. Todavía.

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¿Por qué te importa si tiene polla?

Cuando A. le dice a alguien que es transexual y que hará la transición a hombre, las reacciones suelen ser bastante contenidas. Nadie quiere decir nada incorrecto o grosero, así que les resulta más fácil no preguntar. Desde su punto de vista debe parecerle que sus amigos y familiares aceptan sin más este cambio o que no les sorprende.

¡Hay tanta diferencia a cuando yo comento el tema o él no está presente! Hay preguntas sobre el proceso que entiendo: ¿Cómo funciona la transición? ¿Cuándo empezará? ¿Cuánto tiempo lleva? Pero hay una pregunta que me saca de quicio:  ¿Tendrá polla?

De repente la pregunta sobre la polla se convierte en la cuestión determinante de su identidad.

Sinceramente, ¿Qué más te da? ¿De dónde ha salido de repente esa fijación por los genitales? ¿Te quieres acostar con mi chico? Porque, salvo que ese sea el caso, no es un tema que te deba importar lo más mínimo.

¿Cuántos penes de los hombres que se hacen pasar por tales a tu alrededor has visto? ¿Cuántas veces has comprobado si la mujer con la que estás hablando realmente tiene un coño? ¿Qué relevancia tienen los genitales de tu interlocutor para conversar sobre el tiempo, sobre el nuevo restaurante que has descubierto, o sobre el curso de japonés que tienes pensado hacer? En un 99,99 % de los casos es una cuestión que no viene a cuento. 

Curiosamente, la mayoría de las personas son conscientes de que, a decir verdad, no les debería importar lo que hay dentro de los calzoncillos de mi pareja. Así que hacen la pregunta camuflándola como si fuera preocupación por mi bienestar sexual o mi felicidad en pareja con un hombre “sin una polla de verdad” (signifique lo que signifique eso).

En un mundo cisgénero heterosexual es inconcebible que una mujer pueda estar felizmente casada con alguien de quien no se sabe con absoluta certeza (o mejor dicho: se presupone porque no hay señales de lo contrario) que tenga una polla “normal”.

Este tema no se restringe al mundo trans. En esta lógica las parejas de mujeres no cuentan. Tampoco valen las parejas donde el hombre haya tenido alguna lesión o enfermedad previa relacionadas con el apéndice. Si no tienes polla, no eres un hombre. Y si tu hombre no tiene polla o si alguien en tu entorno sospecha que no la tiene, entonces eres una mujer infeliz.

Eso sí, todavía no tengo la respuesta perfecta. Paso de discutir sobre  genitales (los míos y los de mi pareja) con cualquier desconocido. Cuando tengo algo de confianza con la persona que hace la pregunta, mi reacción está en la linea de: Ya que sacas el tema, ¿tú tienes polla? ¿Cómo es? ¿Te funciona? Pero cuando se trata de alguien que conozco más bien poco, me suelo limitar a un: no hablo sobre ese tema. Estoy un poco cansada de hablar de genitales todo el tiempo…

Pero tú ¿qué eres?

Resulta curioso cuando la propia identidad está relacionada con la identidad de la persona con la que sales. Yo ¿qué soy? Cuando estuve soltera siempre me definí como bisexual o bicuriosa. He salido con más hombres que con mujeres, quizás porque me ha resultado mucho más fácil. Hay un patrón para ligar con hombres que es mucho más fácil de replicar que en el caso de una mujer.

Así que cuando estoy con un hombre, soy hetero. Pero cuando estoy con una mujer, soy gay. Y siendo como soy una persona con fuertes convicciones, esa definición incluye todas la reivindicaciones que conlleva ser abierta (y quizás agresivamente) lesbiana.

Empecé a salir con A. cuando él era mujer. Aunque para entonces ya sabía que era transexual, yo no lo descubrí hasta unos meses después de conocernos (al poco tiempo de empezar a salir juntos). La situación quedó al descubierto una vez que comenzamos a vivir juntos. Así que, mientras mis padres y mis hermanos todavía estaban haciéndose a la idea de que su hermana/hija era lesbiana de forma oficial, yo me había vuelto a “convertir” en heterosexual, aunque solo de cara al círculo selecto de los que “sabían” que A., en realidad, era un hombre.

Mi identidad en cada momento dependía de si el interlocutor conocía la identidad de género de mi pareja.

También me doy cuenta de que me inhibo en algunos aspectos en los que quizás me implicaría mucho más en circunstancias normales. No participo en jornadas de lesbianas porque anticipo que me excluirán en el momento en que A. salga del armario trans. Un entorno en el que siempre me ha sentido a gusto ahora lo veo como un campo de batalla en el que tengo que vigilar qué pronombre uso cuando hablo de mi pareja. Porque ese pronombre cambia mi propia identidad sexual, o por lo menos la parte de la identidad que me viene asignada desde fuera.