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Sus padres ya lo sabían

Estas vacaciones A. decidió contárselo a su padre. En un momento de intimidad, tomando café por la mañana mientras yo estaba con su madre en la playa, le dijo: “Papá, soy transexual. Me siento un hombre y he decidido cambiar de sexo. Y me da mucho miedo que no lo vayas a aceptar.” Su padre le respondió: “Ya lo sabía. Yo te quiero, tal y como eres, y siempre te aceptaré.”

Esa es la parte bonita de la historia. La parte que toda persona transexual quiere oír. La parte que me  hace  muy  feliz,  porque  le  ha  quitado un enorme peso de encima.

La parte no tan bonita es cómo se enteró su padre. Por lo que parece, una amiga de A. se lo había comentado a su madre, y ésta  es clienta de su padre. Nada más escucharlo de boca de su hija, se fue a la tienda para preguntar su opinión:

“¿Qué te parece que tu hija se vaya a poner una polla?”

Así  fue  como  se  enteró  el  padre de A. de  que  su hija  es  en  realidad su hijo.

Se lo comentó a la madre de A. quien, acto seguido, registró toda la casa en nuestra ausencia, y probablemente encontró la prótesis, el informe del psicólogo, la ropa interior de hombre o los libros sobre el tema en mi estantería.

A. no ha hablado con su madre. Dice que no hace falta porque ya lo sabe. Su padre dice que su madre está disgustada. No se habla nada más del tema. Así que ahora todos lo saben. Todos saben que todos lo saben (o eso creo). Pero nadie lo menciona en voz alta.

Para mí es una situación rara. ¿Sigo refiriéndome a A. como ella frente a su padres o ahora puedo usar el género correcto? ¿Cuánta masculinidad se le permite expresar frente a sus padres?

Lo que sí sé que a esta amiga es mejor no confiarle cosas personales. Porque los secretos corren más rápido de lo que uno se imagina.

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Conversando con mi suegra

Mientras que mis padres saben que A. es trans, lo de mis suegros es otra historia. Ya les costó aceptar que A. era gay, así que le da algo de miedo explicarles que en realidad no es homosexual sino que es un chico. Su intención es que sea yo quien les explique lo que pasa, a ser posible cuando él no esté presente.

Tuve una oportunidad de abordar un poco el tema la semana pasada. Sufrí una pequeña intervención quirúrgica a la que A. no pudo venir por cuestiones laborales, así que fue mi suegra quien me acompañó. Mientras aguardábamos mi turno en la sala de espera estuvimos hojeando revistas para encontrar ideas para el vestido que ella se quiere poner en la boda y salió el tema de nuestros vestidos:

—[Mi suegra] Y tú,  ¿ya tienes vestido?
—Claro que si, azul.
—¿Y A.? ¿Cómo irá vestido? ¿Llevará vestido o traje?
—Traje, por supuesto. Es el novio.
—Vale, vale.

Poco después me contó que A. había insistido en ir vestido de princesa a su comunión y que entonces era mucho más femenino; que a los dieciséis, después de un campamento de verano, cambió mucho y que desde entonces parece más un chico que un chica.

—Pero ¿tú crees que es feliz?
—Yo le veo muy feliz. Y muy relajadoa también (Soy una crack a la hora de pronunciar una a que suena a o y que suena a a).
—Vale. Lo importante es que sea feliz, ¿no?
—¡Eso!

Quiero recordarle esta frase cuando en el futuro hablemos más a fondo de este tema. De cierta forma creo que su madre lo sabe. A lo mejor no tiene el vocabulario necesario para expresar el concepto, pero no creo que se sorprenda mucho. Ahora bien, en el caso de su padre ya no lo tengo tan claro.

Y sí,  se me ha quitado algo el miedo de cara al futuro.