Documental: el sexo sentido

He visto un documental en Radiotelevisión Española (RTVE) —me gusta que en España el tema se difunda un poco más entre el público—.

La descripción dice: “Cuando nacemos nos asignan un sexo en función de las diferencias biológicas pero… ¿Qué ocurre cuando un niño o una niña se sienten incómodos con el sexo que les asignaron al nacer? En El sexo sentido abordamos el tema de la transexualidad en menores de edad, entrando en la vida de varios de estos niños  y niñas  y  de  sus familias para retratar los problemas sociales, médicos y legales a los que se enfrentan.”

Quién sabe, tal vez cuando se entienda que hay menores transexuales, en algún momento la sociedad acepte que también hay mayores de edad que lo son y que por las razones que sean no han podido —o querido— vivirlo.

Aquí os dejo la página de RTVE:
http://www.rtve.es/noticias/documentos-tv/reportajes/sexo-sentido-transexualidad-menores/

Y aquí el enlace directo al documental:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/documentos-tv/documentos-tv-sexo-sentido/2616594/

¿Por qué te importa si tiene polla?

Cuando A. le dice a alguien que es transexual y que hará la transición a hombre, las reacciones suelen ser bastante contenidas. Nadie quiere decir nada incorrecto o grosero, así que les resulta más fácil no preguntar. Desde su punto de vista debe parecerle que sus amigos y familiares aceptan sin más este cambio o que no les sorprende.

¡Hay tanta diferencia a cuando yo comento el tema o él no está presente! Hay preguntas sobre el proceso que entiendo: ¿Cómo funciona la transición? ¿Cuándo empezará? ¿Cuánto tiempo lleva? Pero hay una pregunta que me saca de quicio:  ¿Tendrá polla?

De repente la pregunta sobre la polla se convierte en la cuestión determinante de su identidad.

Sinceramente, ¿Qué más te da? ¿De dónde ha salido de repente esa fijación por los genitales? ¿Te quieres acostar con mi chico? Porque, salvo que ese sea el caso, no es un tema que te deba importar lo más mínimo.

¿Cuántos penes de los hombres que se hacen pasar por tales a tu alrededor has visto? ¿Cuántas veces has comprobado si la mujer con la que estás hablando realmente tiene un coño? ¿Qué relevancia tienen los genitales de tu interlocutor para conversar sobre el tiempo, sobre el nuevo restaurante que has descubierto, o sobre el curso de japonés que tienes pensado hacer? En un 99,99 % de los casos es una cuestión que no viene a cuento. 

Curiosamente, la mayoría de las personas son conscientes de que, a decir verdad, no les debería importar lo que hay dentro de los calzoncillos de mi pareja. Así que hacen la pregunta camuflándola como si fuera preocupación por mi bienestar sexual o mi felicidad en pareja con un hombre “sin una polla de verdad” (signifique lo que signifique eso).

En un mundo cisgénero heterosexual es inconcebible que una mujer pueda estar felizmente casada con alguien de quien no se sabe con absoluta certeza (o mejor dicho: se presupone porque no hay señales de lo contrario) que tenga una polla “normal”.

Este tema no se restringe al mundo trans. En esta lógica las parejas de mujeres no cuentan. Tampoco valen las parejas donde el hombre haya tenido alguna lesión o enfermedad previa relacionadas con el apéndice. Si no tienes polla, no eres un hombre. Y si tu hombre no tiene polla o si alguien en tu entorno sospecha que no la tiene, entonces eres una mujer infeliz.

Eso sí, todavía no tengo la respuesta perfecta. Paso de discutir sobre  genitales (los míos y los de mi pareja) con cualquier desconocido. Cuando tengo algo de confianza con la persona que hace la pregunta, mi reacción está en la linea de: Ya que sacas el tema, ¿tú tienes polla? ¿Cómo es? ¿Te funciona? Pero cuando se trata de alguien que conozco más bien poco, me suelo limitar a un: no hablo sobre ese tema. Estoy un poco cansada de hablar de genitales todo el tiempo…

Conversando con mi suegra

Mientras que mis padres saben que A. es trans, lo de mis suegros es otra historia. Ya les costó aceptar que A. era gay, así que le da algo de miedo explicarles que en realidad no es homosexual sino que es un chico. Su intención es que sea yo quien les explique lo que pasa, a ser posible cuando él no esté presente.

Tuve una oportunidad de abordar un poco el tema la semana pasada. Sufrí una pequeña intervención quirúrgica a la que A. no pudo venir por cuestiones laborales, así que fue mi suegra quien me acompañó. Mientras aguardábamos mi turno en la sala de espera estuvimos hojeando revistas para encontrar ideas para el vestido que ella se quiere poner en la boda y salió el tema de nuestros vestidos:

—[Mi suegra] Y tú,  ¿ya tienes vestido?
—Claro que si, azul.
—¿Y A.? ¿Cómo irá vestido? ¿Llevará vestido o traje?
—Traje, por supuesto. Es el novio.
—Vale, vale.

Poco después me contó que A. había insistido en ir vestido de princesa a su comunión y que entonces era mucho más femenino; que a los dieciséis, después de un campamento de verano, cambió mucho y que desde entonces parece más un chico que un chica.

—Pero ¿tú crees que es feliz?
—Yo le veo muy feliz. Y muy relajadoa también (Soy una crack a la hora de pronunciar una a que suena a o y que suena a a).
—Vale. Lo importante es que sea feliz, ¿no?
—¡Eso!

Quiero recordarle esta frase cuando en el futuro hablemos más a fondo de este tema. De cierta forma creo que su madre lo sabe. A lo mejor no tiene el vocabulario necesario para expresar el concepto, pero no creo que se sorprenda mucho. Ahora bien, en el caso de su padre ya no lo tengo tan claro.

Y sí,  se me ha quitado algo el miedo de cara al futuro.

Creando un género a base de contrastes

En terminología gay soy una femme. Soy lo suficientemente femenina como para pasar por heterosexual si así lo deseo. En la práctica eso supone tener el don de volverme invisible, como si siguiera en el otro lado. Como he salido con hombres conozco muy bien el juego del cortejo. No me da miedo ni asco y tengo práctica en lo que llamaría el flirteo heterosexual. Es esa falta de temor ante la presencia masculina la que en contextos mixtos me convierte a ojos de los demás en heterosexual. Bi no cuenta, a no ser para hacer de mi una traidora.

Mientras tanto, en ese mismo contexto heterosexual soy muy cabezota, una feminista con carácter. Más te vale que te busques tu propia cerveza y que friegues tus propios platos, yo no estoy. para eso La igualdad de género es parte de mi ADN, algo que no resulta extraño ya que fue mi padre quien me crió.

El reto ahora está en que mi feminidad ya no es solo mía, sino que repercute directamente en la masculinidad de mi pareja, sobre todo en esta fase previa a la transición física.

Para A. es importante que yo parezca femenina, que me comporte según ciertos estereotipos asociados a la  mujer.  Al  tener  yo  una imagen tan de mujer, resalta aún más que él no lo es y, por tanto, que es más hombre. Desde un punto de vista racional, lo entiendo. Los géneros siempre se han construido en base al contraste, a la yuxtaposición entre un género y el otro (aunque tradicionalmente lo femenino ha sido la negación de lo masculino y no al revés). Aun así hay días en que quiero poner el grito en el cielo porque me da rabia que parezca que soy yo “la que se ocupa de la casa”. Mientras que con mis exparejas masculinas siempre hubo un acuerdo tácito que rezaba: quien cocina no limpia, ahora todo el trabajo recae en mi. Hay días en los que no me importa (paso más tiempo en casa), pero también hay otros en los que tengo ganas de tirar la fregona por la ventana.

Yo me ocupo de la casa, él paga la cena; yo lavo la ropa, él me lleva al teatro; yo cocino, él coloca las cortinas. Quizás es por eso por lo que me resulta tan importante ser YO quien conduzca la mayoría de las veces. Es mi pequeño espacio de autonomía.

Quiero encontrar una forma en la él pueda ser partícipe de las tareas “tradicionalmente femeninas” sin que lo vea como un ataque a su masculinidad. Es una negociación que se prolonga día tras día; me pregunto si con la OP cambiará…

Él o ella. Depende

En casa es él. En presencia de sus padres todavía es ella. De cara a sus amigos es él. En compañía de sus compañeros de despacho es él o ella dependiendo de con quién esté. Para mis padres es él aunque rezan a diario para que vuelva a ser ella. Para uno de mis hermanos es ella, se niega a que alguien sin pene en el momento de nacer sea un verdadero hombre (me lo dijo tal cual). Para mi otro hermano es él, aunque no lo entiende bien (pero tampoco le preocupa, eso es cosa mía).

Si  me equivoco  se enfada  porque he puesto  en  peligro  su masculinidad o porque he hablado demasiado, según el caso. Tengo suerte de ser extranjera. Los que no lo saben se lo explican apelando a mi falta de conocimiento del español o a que no han entendido mi acento. Pobrecita, se habrá equivocado.

Sueño con él, hablo con él, pero cada dos por tres tengo que  controlarme, corregirme y hablar de ella porque están presentes su abuela, sus padres o algún vecino. En este sentido estoy aún más ansiosa que él por que empiece ya la transición y se acabe esta ambigüedad.

Pero tú ¿qué eres?

Resulta curioso cuando la propia identidad está relacionada con la identidad de la persona con la que sales. Yo ¿qué soy? Cuando estuve soltera siempre me definí como bisexual o bicuriosa. He salido con más hombres que con mujeres, quizás porque me ha resultado mucho más fácil. Hay un patrón para ligar con hombres que es mucho más fácil de replicar que en el caso de una mujer.

Así que cuando estoy con un hombre, soy hetero. Pero cuando estoy con una mujer, soy gay. Y siendo como soy una persona con fuertes convicciones, esa definición incluye todas la reivindicaciones que conlleva ser abierta (y quizás agresivamente) lesbiana.

Empecé a salir con A. cuando él era mujer. Aunque para entonces ya sabía que era transexual, yo no lo descubrí hasta unos meses después de conocernos (al poco tiempo de empezar a salir juntos). La situación quedó al descubierto una vez que comenzamos a vivir juntos. Así que, mientras mis padres y mis hermanos todavía estaban haciéndose a la idea de que su hermana/hija era lesbiana de forma oficial, yo me había vuelto a “convertir” en heterosexual, aunque solo de cara al círculo selecto de los que “sabían” que A., en realidad, era un hombre.

Mi identidad en cada momento dependía de si el interlocutor conocía la identidad de género de mi pareja.

También me doy cuenta de que me inhibo en algunos aspectos en los que quizás me implicaría mucho más en circunstancias normales. No participo en jornadas de lesbianas porque anticipo que me excluirán en el momento en que A. salga del armario trans. Un entorno en el que siempre me ha sentido a gusto ahora lo veo como un campo de batalla en el que tengo que vigilar qué pronombre uso cuando hablo de mi pareja. Porque ese pronombre cambia mi propia identidad sexual, o por lo menos la parte de la identidad que me viene asignada desde fuera.