Conceptos trans

Hace una semana la cadena de televisión La2 de RTVE emitió un documental sobre niños transexuales titulado El Sexo Sentido. Unos días después, Nuria Gregory publicó su opinión en Pikara Magazin sobre este documental, criticándolo por exigir a los jóvenes que cambien su cuerpo en vez de exigir a la  sociedad  cambiar  la construcción binaria de género. Este artículo es un ejemplo muy claro de la confusión que todavía  existe  entre los  conceptos  que giran alrededor de lo trans.

Transexual no es lo mismo que transgénero que no es lo mismo que crossdresser…

A mi modo de verlo (y aquí puede que peque de observadora, siendo yo la compañera), la distinción se puede hacer de la siguiente forma:

  • Crossdresser:  una  persona  que  en  determinadas  ocasiones representa un género que no se corresponde con su sexo físico. El caso más visible es el de los hombres que se visten de mujeres (por ejemplo, los drag queens). Juegan con los roles, quizás hasta los deconstruyen. No pretenden cambiar su cuerpo ni vivir a tiempo completo según el género que no se corresponde con su sexo físico.
  • Transgénero: una persona que se identifica con un género que no se corresponde con su físico, pero que no siente rechazo por su propio cuerpo. Puede que viva a tiempo completo según el género con el que se identifica, pero sin afán de tomar hormonas o someterse a cirugías invasivas.
  • Transexual: una persona que se identifica con un género que no se corresponde con su físico y que quiere cambiar su cuerpo para que esté alineado con su visión personal sin importar lo que digan los demás, es decir, al margen de si tienen o no el apoyo de su comunidad, siguen queriendo cambiar su sexo.

Poco después leí en Facebook el siguiente texto en el muro de una amiga. me impactó tanto que le pedí permiso para publicarlo aquí. Y aquí os lo transcribo:

“Voy a contaros una pequeña historia que creo que encaja bastante bien con todo el asunto del documental de la 2 de TVE, “El Sexo Sentido”, y con la posterior respuesta de Pikara Magazine.

Hace unos meses asistí a una fiesta. Entre las demás personas asistentes había dos crossdressers femeninas, que, en cuanto me reconocieron como mujer transexual, vinieron a hablar conmigo y a confraternizar.

Me preguntaron por mi proceso. Me preguntaron por mis hormonas; qué efectos tenían, qué era lo que yo notaba, cómo era que me había dado por operarme. Quizá fue mi percepción, pues soy un poco susceptible en lo que a mi intimidad y mi transición respecta, pero quizá noté expresiones de asombro en sus caras, al ver que yo hablaba de la hormonación y la cirugía con total tranquilidad y normalidad. Los comentarios eran los habituales: “Yo no podría”, “qué valiente has tenido que ser”, “no puedo entenderlo”, “es que a mí me gusta mi cuerpo  de  chico,  pero  me  gusta vestirme”.

Una de las crossdressers comentó que ella a veces quería “experimentar” (sic) con hormonas, para saber qué se sentía. La otra le dijo que no lo hiciera, que ya estaba bien como estaba y que no necesitaba probar eso. Le dijo que las hormonas además eran adictivas y que le causarían efectos no deseados. Yo le dije también que no lo hiciera, salvo que deseara cambiar su cuerpo. Y como ella se sentía a gusto con su cuerpo, y tan sólo le gustaba vestirse, las hormonas no eran para ella.

Entre tanto, otros asistentes que no eran ni transexuales ni travestis pasaban cerca y decían cosas: “¡Qué bien ver que os habéis juntado todas!”, “Aquí estáis las tres hablando de vuestras cosas!”.

Ni que decir tiene que a mí todo esto me resultó bastante chocante. Por un lado, la reacción de la gente ajena era la de meterlo todo en el mismo saco. Lo mismo les daba travesti que transgénero que transexual. Allí sólo veían tíos con faldas.

La sutileza de que había dos personas que estaban ejecutando un rol de género no normativo y otra persona que sí estaba ejecutando un rol de género normativo, pero acorde a una identidad sexual no normativa se les escapaba.

Por otro lado, me pareció que la reacción de las crossdressers también era un tanto de extrañeza. Una de ellas sí que quizá entendía que yo no iba del mismo palo, pero me miraba como advirtiendo a la otra de que yo estaba en un nivel de chunguez en el que mejor no adentrarse. La otra creo que no terminaba de entender que no estábamos hablando de lo mismo.

Creo que lo que he visto esta semana con respecto al documental y al artículo no es ni más ni menos que esto.

El documental habla de personas transexuales. El artículo habla de personas transgénero.

El documental habla de personas transexuales. Son personas como yo, que desde pequeñas saben que su cuerpo no les cuadra; que saben que, cuando llegue la adolescencia, sus cuerpos se convertirán en su peor pesadilla. Son personas que querrían que existiese una píldora mágica que les convirtiese rápida e indoloramente en lo que en sus mentes saben que son, y que, a falta de esa píldora, recurren a las posibilidades que la medicina ofrece: hormonación y cirugía.

Y el artículo habla de personas transgénero. Personas que vivirían felices si les dejasen actuar según los roles que ellas eligiesen. Personas que querrían poder acceder al cambio legal de sus documentos, y al reconocimiento social de su rol de género. Pienso en esa chica crossdresser que está completamente feliz con su cuerpo y con su pene, y que, sin embargo, desearía poder vivir de acuerdo a su rol elegido.

 Aquí hay dos conflictos. Hay dos realidades distintas que se funden en una simplemente porque los de fuera, en su desinterés, (o en su interés utilitario para apuntalar sus propias creencias y justificar sus metas), no prestan la suficiente atención a lo que está pasando.

Que haya gente que por desesperación ante la imposibilidad de obtener su estátus legal y social deseado recurran a la hormonación y a la cirugía me parece triste y doloroso. Es una encerrona del sistema, sin duda. Y por eso pienso que el sistema debe cambiarse. Cada cual debería poder llamarse y ser llamado por el nombre que elija, y nadie, (¡nadie!) debería entrometerse en sus decisiones personales. Entiendo que el artículo de Pikara se refiere a estas personas.

Sin embargo, tanto el artículo de Pikara como el contexto de donde procede yerra el tiro completamente. En su pretensión de defender una sociedad libre de roles de género impuestos (lo cual me parece loable), se llevan por delante a nuestro colectivo, y atacan a la comunidad médica que nos ayuda. Blandiendo su teoría de género que todo lo explica, pretenden explicarnos a nosotros, a nosotras también. Y la única explicación que la teoría de género puede ofrecer acerca de nuestra realidad es, simplemente, que no existimos; que somos el producto de una sociedad opresiva.

Por este motivo, el documental de TVE es absolutamente imprescindible. Al público, a la gente de fuera, le resulta completamente ajeno, incomprensible, marciano, demente, lo que nos pasa por la cabeza a las personas transexuales. No son capaces de entender cómo es posible tener semejante conflicto entre cuerpo y mente. No son capaces de imaginar qué es lo que nos lleva a querer cambiar la química de nuestros cuerpos, o a pasar por el quirófano.

Por eso es primordial visibilizar nuestra realidad; porque ese conflicto ocurre , y cuando no tienes información sobre esto te explota la cabeza.

Porque una persona transexual ya podrá vestirse como sea; y aunque sea aceptada socialmente, y  ponga  lo que  ponga  en  sus  documentos,  necesitará verse en su intimidad, desnuda, como su mente siente que es. Y el negar esta información, el pretender que debemos esperar a tener madurez, el “es una fase”, cuando la certeza ya la tenemos, es cruel. Es cruel y es doloroso y nos condena a sufrir durante toda nuestra vida, porque hay cambios que no se pueden deshacer.

El documental de TVE es necesario, porque necesitamos poder vernos en otra gente. El artículo de Pikara pretende mostrar otra realidad distinta, de otras personas distintas, pero lo hace de una forma agresiva, y lo hace cuestionando nuestra propia realidad e invisibilizándonos.

Yo me he pasado mi vida sin saber qué soy. Sí he sabido qué es lo que no soy. Yo no soy transgénero. El que en mi DNI ponga Claudia*, el que los demás me reconozcan como mujer, no me sirve. No me sirve de ninguna de las maneras, porque al llegar a casa y desnudarme, mi pecho sigue siendo musculoso y hay un pene entre mis piernas. No me sirve, porque mi pelo se cae, porque me sale barba, y porque mi voz es grave.

Yo soy una mujer transexual. Hasta que no tuve treinta años no conocí a alguien como yo, alguien con quien pude hablar e identificarme. Treinta malditos años de mi vida. Y para entonces, mi cuerpo ya estaba hecho. A mí nadie va a devolverme mi voz de soprano, nadie va a darme unos hombros más pequeños. Trivialidades, me dirán. Ser mujer no implica tener un tono de voz o tener un ancho de espaldas. Género. Yo no hablo de género. Yo hablo de mi cuerpo. Mi cuerpo. Y eso, (lo siento mucho), no es asunto vuestro.”

Y es por eso por lo que no opino cuando me preguntan qué pienso sobre los planes de A. en referencia a la hormonación y la cirugía. Es un asunto tan, pero tan íntimo que lo tiene que decidir él: cuándo, dónde y cómo de lejos quiere llegar. En este caso mi papel es de apoyo: le apoyo en su decisión, sea cual sea. Porque su cuerpo es suyo. Y como mujer, no, como persona, considero el derecho a decidir sobre el propio cuerpo como básico e invulnerable.

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*he cambiado el nombre para mantener su anonimato.

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Documental: el sexo sentido

He visto un documental en Radiotelevisión Española (RTVE) —me gusta que en España el tema se difunda un poco más entre el público—.

La descripción dice: “Cuando nacemos nos asignan un sexo en función de las diferencias biológicas pero… ¿Qué ocurre cuando un niño o una niña se sienten incómodos con el sexo que les asignaron al nacer? En El sexo sentido abordamos el tema de la transexualidad en menores de edad, entrando en la vida de varios de estos niños  y niñas  y  de  sus familias para retratar los problemas sociales, médicos y legales a los que se enfrentan.”

Quién sabe, tal vez cuando se entienda que hay menores transexuales, en algún momento la sociedad acepte que también hay mayores de edad que lo son y que por las razones que sean no han podido —o querido— vivirlo.

Aquí os dejo la página de RTVE:
http://www.rtve.es/noticias/documentos-tv/reportajes/sexo-sentido-transexualidad-menores/

Y aquí el enlace directo al documental:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/documentos-tv/documentos-tv-sexo-sentido/2616594/

¿Por qué te importa si tiene polla?

Cuando A. le dice a alguien que es transexual y que hará la transición a hombre, las reacciones suelen ser bastante contenidas. Nadie quiere decir nada incorrecto o grosero, así que les resulta más fácil no preguntar. Desde su punto de vista debe parecerle que sus amigos y familiares aceptan sin más este cambio o que no les sorprende.

¡Hay tanta diferencia a cuando yo comento el tema o él no está presente! Hay preguntas sobre el proceso que entiendo: ¿Cómo funciona la transición? ¿Cuándo empezará? ¿Cuánto tiempo lleva? Pero hay una pregunta que me saca de quicio:  ¿Tendrá polla?

De repente la pregunta sobre la polla se convierte en la cuestión determinante de su identidad.

Sinceramente, ¿Qué más te da? ¿De dónde ha salido de repente esa fijación por los genitales? ¿Te quieres acostar con mi chico? Porque, salvo que ese sea el caso, no es un tema que te deba importar lo más mínimo.

¿Cuántos penes de los hombres que se hacen pasar por tales a tu alrededor has visto? ¿Cuántas veces has comprobado si la mujer con la que estás hablando realmente tiene un coño? ¿Qué relevancia tienen los genitales de tu interlocutor para conversar sobre el tiempo, sobre el nuevo restaurante que has descubierto, o sobre el curso de japonés que tienes pensado hacer? En un 99,99 % de los casos es una cuestión que no viene a cuento. 

Curiosamente, la mayoría de las personas son conscientes de que, a decir verdad, no les debería importar lo que hay dentro de los calzoncillos de mi pareja. Así que hacen la pregunta camuflándola como si fuera preocupación por mi bienestar sexual o mi felicidad en pareja con un hombre “sin una polla de verdad” (signifique lo que signifique eso).

En un mundo cisgénero heterosexual es inconcebible que una mujer pueda estar felizmente casada con alguien de quien no se sabe con absoluta certeza (o mejor dicho: se presupone porque no hay señales de lo contrario) que tenga una polla “normal”.

Este tema no se restringe al mundo trans. En esta lógica las parejas de mujeres no cuentan. Tampoco valen las parejas donde el hombre haya tenido alguna lesión o enfermedad previa relacionadas con el apéndice. Si no tienes polla, no eres un hombre. Y si tu hombre no tiene polla o si alguien en tu entorno sospecha que no la tiene, entonces eres una mujer infeliz.

Eso sí, todavía no tengo la respuesta perfecta. Paso de discutir sobre  genitales (los míos y los de mi pareja) con cualquier desconocido. Cuando tengo algo de confianza con la persona que hace la pregunta, mi reacción está en la linea de: Ya que sacas el tema, ¿tú tienes polla? ¿Cómo es? ¿Te funciona? Pero cuando se trata de alguien que conozco más bien poco, me suelo limitar a un: no hablo sobre ese tema. Estoy un poco cansada de hablar de genitales todo el tiempo…

Conversando con mi suegra

Mientras que mis padres saben que A. es trans, lo de mis suegros es otra historia. Ya les costó aceptar que A. era gay, así que le da algo de miedo explicarles que en realidad no es homosexual sino que es un chico. Su intención es que sea yo quien les explique lo que pasa, a ser posible cuando él no esté presente.

Tuve una oportunidad de abordar un poco el tema la semana pasada. Sufrí una pequeña intervención quirúrgica a la que A. no pudo venir por cuestiones laborales, así que fue mi suegra quien me acompañó. Mientras aguardábamos mi turno en la sala de espera estuvimos hojeando revistas para encontrar ideas para el vestido que ella se quiere poner en la boda y salió el tema de nuestros vestidos:

—[Mi suegra] Y tú,  ¿ya tienes vestido?
—Claro que si, azul.
—¿Y A.? ¿Cómo irá vestido? ¿Llevará vestido o traje?
—Traje, por supuesto. Es el novio.
—Vale, vale.

Poco después me contó que A. había insistido en ir vestido de princesa a su comunión y que entonces era mucho más femenino; que a los dieciséis, después de un campamento de verano, cambió mucho y que desde entonces parece más un chico que un chica.

—Pero ¿tú crees que es feliz?
—Yo le veo muy feliz. Y muy relajadoa también (Soy una crack a la hora de pronunciar una a que suena a o y que suena a a).
—Vale. Lo importante es que sea feliz, ¿no?
—¡Eso!

Quiero recordarle esta frase cuando en el futuro hablemos más a fondo de este tema. De cierta forma creo que su madre lo sabe. A lo mejor no tiene el vocabulario necesario para expresar el concepto, pero no creo que se sorprenda mucho. Ahora bien, en el caso de su padre ya no lo tengo tan claro.

Y sí,  se me ha quitado algo el miedo de cara al futuro.

Creando un género a base de contrastes

En terminología gay soy una femme. Soy lo suficientemente femenina como para pasar por heterosexual si así lo deseo. En la práctica eso supone tener el don de volverme invisible, como si siguiera en el otro lado. Como he salido con hombres conozco muy bien el juego del cortejo. No me da miedo ni asco y tengo práctica en lo que llamaría el flirteo heterosexual. Es esa falta de temor ante la presencia masculina la que en contextos mixtos me convierte a ojos de los demás en heterosexual. Bi no cuenta, a no ser para hacer de mi una traidora.

Mientras tanto, en ese mismo contexto heterosexual soy muy cabezota, una feminista con carácter. Más te vale que te busques tu propia cerveza y que friegues tus propios platos, yo no estoy. para eso La igualdad de género es parte de mi ADN, algo que no resulta extraño ya que fue mi padre quien me crió.

El reto ahora está en que mi feminidad ya no es solo mía, sino que repercute directamente en la masculinidad de mi pareja, sobre todo en esta fase previa a la transición física.

Para A. es importante que yo parezca femenina, que me comporte según ciertos estereotipos asociados a la  mujer.  Al  tener  yo  una imagen tan de mujer, resalta aún más que él no lo es y, por tanto, que es más hombre. Desde un punto de vista racional, lo entiendo. Los géneros siempre se han construido en base al contraste, a la yuxtaposición entre un género y el otro (aunque tradicionalmente lo femenino ha sido la negación de lo masculino y no al revés). Aun así hay días en que quiero poner el grito en el cielo porque me da rabia que parezca que soy yo “la que se ocupa de la casa”. Mientras que con mis exparejas masculinas siempre hubo un acuerdo tácito que rezaba: quien cocina no limpia, ahora todo el trabajo recae en mi. Hay días en los que no me importa (paso más tiempo en casa), pero también hay otros en los que tengo ganas de tirar la fregona por la ventana.

Yo me ocupo de la casa, él paga la cena; yo lavo la ropa, él me lleva al teatro; yo cocino, él coloca las cortinas. Quizás es por eso por lo que me resulta tan importante ser YO quien conduzca la mayoría de las veces. Es mi pequeño espacio de autonomía.

Quiero encontrar una forma en la él pueda ser partícipe de las tareas “tradicionalmente femeninas” sin que lo vea como un ataque a su masculinidad. Es una negociación que se prolonga día tras día; me pregunto si con la OP cambiará…

Él o ella. Depende

En casa es él. En presencia de sus padres todavía es ella. De cara a sus amigos es él. En compañía de sus compañeros de despacho es él o ella dependiendo de con quién esté. Para mis padres es él aunque rezan a diario para que vuelva a ser ella. Para uno de mis hermanos es ella, se niega a que alguien sin pene en el momento de nacer sea un verdadero hombre (me lo dijo tal cual). Para mi otro hermano es él, aunque no lo entiende bien (pero tampoco le preocupa, eso es cosa mía).

Si  me equivoco  se enfada  porque he puesto  en  peligro  su masculinidad o porque he hablado demasiado, según el caso. Tengo suerte de ser extranjera. Los que no lo saben se lo explican apelando a mi falta de conocimiento del español o a que no han entendido mi acento. Pobrecita, se habrá equivocado.

Sueño con él, hablo con él, pero cada dos por tres tengo que  controlarme, corregirme y hablar de ella porque están presentes su abuela, sus padres o algún vecino. En este sentido estoy aún más ansiosa que él por que empiece ya la transición y se acabe esta ambigüedad.

Pero tú ¿qué eres?

Resulta curioso cuando la propia identidad está relacionada con la identidad de la persona con la que sales. Yo ¿qué soy? Cuando estuve soltera siempre me definí como bisexual o bicuriosa. He salido con más hombres que con mujeres, quizás porque me ha resultado mucho más fácil. Hay un patrón para ligar con hombres que es mucho más fácil de replicar que en el caso de una mujer.

Así que cuando estoy con un hombre, soy hetero. Pero cuando estoy con una mujer, soy gay. Y siendo como soy una persona con fuertes convicciones, esa definición incluye todas la reivindicaciones que conlleva ser abierta (y quizás agresivamente) lesbiana.

Empecé a salir con A. cuando él era mujer. Aunque para entonces ya sabía que era transexual, yo no lo descubrí hasta unos meses después de conocernos (al poco tiempo de empezar a salir juntos). La situación quedó al descubierto una vez que comenzamos a vivir juntos. Así que, mientras mis padres y mis hermanos todavía estaban haciéndose a la idea de que su hermana/hija era lesbiana de forma oficial, yo me había vuelto a “convertir” en heterosexual, aunque solo de cara al círculo selecto de los que “sabían” que A., en realidad, era un hombre.

Mi identidad en cada momento dependía de si el interlocutor conocía la identidad de género de mi pareja.

También me doy cuenta de que me inhibo en algunos aspectos en los que quizás me implicaría mucho más en circunstancias normales. No participo en jornadas de lesbianas porque anticipo que me excluirán en el momento en que A. salga del armario trans. Un entorno en el que siempre me ha sentido a gusto ahora lo veo como un campo de batalla en el que tengo que vigilar qué pronombre uso cuando hablo de mi pareja. Porque ese pronombre cambia mi propia identidad sexual, o por lo menos la parte de la identidad que me viene asignada desde fuera.