El sexo opuesto como frontera

El otro día acompañé a Alex a una sesión de terapia en grupo para personas transgénero y sus parejas / familiares. Me impresionó la cantidad de jóvenes en el grupo, todos con edades comprendidas entre los 18 y los 25 años. Al igual que en YouTube e Instagram, los trans más visibles son los más jóvenes. No tienen miedo a las nuevas tecnologías ni (aún) miedo a perder su estatus o reconocimiento. Es más fácil cambiar de sexo si tienes veintitrés años y vas a la universidad que si tienes treinta y cinco y trabajas como programador en una empresa privada.

¿O estoy quizás esperando demasiado? Lo que más me chocó en este grupo fueron las constantes referencias al binario de los géneros. Entiendo que, desde un punto de vista psiquiátrico, el punto de partida será siempre el sexo binario para así lograr el encaje en un tratamiento estandarizad. Incluso los intersex sólo se consideran como tales después de que hayan anunciado su “verdadero” género.

Como socióloga que dio su primeros pasos en la teoría del género a partir de Géneros en disputa (un clásico de Judith Butler) y Cyborg Manifest de Donna Haraway (traducción) estos binarios inamovibles me desesperan en mis días más benévolos y me enfurecen en los más estresados.

De una persona trans espero, no, exijo, una tolerancia especial hacia lo fluido, lo diferente, lo no-normativo. Y aún así me doy cuenta de que, muchas veces, las personas trans son los mayores enemigos de esta fluidez. Parece que su identidad “real” dependa de una idea estática del sexo y género como entidades definidas e inamovibles que solo permiten la ambigüedad durante el proceso de cambio de un sexo al otro.

Desde que Álex ha decidido que hará el cambio de sexo, cualquier lesbiana masculina es clasificada como “trans que aún no se ha dado cuenta“. A mí me recomienda que empiece a maquillarme, porque “las mujeres deberían cuidarse más“.

De repente, el sexo depende de unos marcadores externos definidos por la sociedad, esa misma sociedad que le “obliga” a cambiar de sexo porque no puede vivir con la idea de que una mente masculina viva en un cuerpo con características femeninas. Eso conlleva un rechazo de lo femenino que me genera mucha tristeza.

“Es que todas las mujeres hacéis eso.”
“eso es tan típico de las mujeres.”
“Sois todas unas manipuladoras.”

Tengo la impresión de que, como lesbiana, Álex nunca hubiera dicho esas frases, porque como lesbiana era parte del colectivo de mujeres y por lo tanto apreciaba mucho más las diferencias entre ellas. Desde que es oficialmente un hombre, las mujeres se han convertido en un elemento que marca la diferencia, en una frontera que al ser “el otro” valida su propia identidad. De repente, los hombres son individuos, mientras que las mujeres somos “todas iguales” y como mucho tenemos el papel de demostrar que él NO es una mujer.

Esta misma actitud la vi en muchos de los chicos y chicas trans del grupo de apoyo. Copian conductas porque “se supone” que es lo que hacen los hombres / las mujeres. Rechazan aspectos de sí mismos que a lo mejor pueden contradecir su “verdadero género”. Mientras que existen proyectos para educar a los niños en la aceptación de sus emociones para comprender que ser vulnerables no es lo mismo que ser débiles, los chicos trans hacen de todo para no parecer “débiles como si fueran una mujer”. Es el mundo al revés… pero el mundo de 1 930.

El sistema de la Seguridad Social ofrece a los chicos y chicas trans algo así como seis sesiones de terapia de grupo sin demasiado contenido preestablecido. Se tratan sobre todo cuestiones prácticas: cómo se lo ha tomado tu madre, cuánto tiempo lleva que crezca la barba, cómo van las listas de espera para las operaciones… falta  formación a nivel de teoría de género.

Siempre he pesado que las personas trans tienen una gran ventaja frente a alguien que, como yo, “solo” ha estudiado la teoría queer: son los únicos que realmente han podido vivir la experiencia del otro género. Me cuesta aceptar que tener una experiencia no signifique aprender o reflexionar sobre la misma. ¿A lo mejor eso llega con la edad?

Esta debería ser una pregunta obligatoria para todas las personas trans: ¿Qué has aprendido al haber vivido en el género / sexo opuesto? ¿Qué te ha gustado de la experiencia? ¿Qué te parece injusto / mejorable?

La alternativa es que todos los chicos trans sean felices por poder contar con los privilegios de ser hombres (muchas veces sin entender muy bien qué significa tener estos privilegios), mientras todas las chicas trans se convierten en Barbies  para  cumplir  con  las  exigencias físicas de un mundo aún demasiado machista.

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2 thoughts on “El sexo opuesto como frontera”

  1. Los trans, la mayoria, no hemos “vivido” la experiencia del “otro genero” la hemos “padecido”, no podemos efectuar un análisis objetivo, por lo menos hasta que nos reconciliamos y obtenemos prespectiva de lo vivido. Algunos nunca lo consiguen. Mis pensamientos han sido a lo largo de mi vida, como una montaña rusa, mezclados con las innumerables emociones contradictorias en cada vivencia, tanto en el lugar del género femenino, como en el lugar del género masculino. Siempre sintiendome fuera de lugar, pues tan forzada es la dinamica exigida a una mujer, como a un hombre. No dejandonos en ningún caso espacio, ni libertad para ser y mostrarnos como nos nace desde dentro… Y mostrarse tal y como uno es y siente, tiene en el lugar del binario hombre/mujer, sus consecuencias, sus precios y castraciones sociales. Hoy pienso que es necesario un “levantamiento social” contra los esterotipos, pero no a nivel superficial, como se da en los movimientos actuales, sino en profundidad.

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    1. Justamente por esto “espero” de las personas trans que sean más… abiertas a estas temáticas. Resulta que como mujer cis-genero muchas veces también padezco de mi propio genero, especialmente en una sociedad que es un tanto más machista que mi país de procedencia. El hecho de que mi propia pareja necesite (?) por el momento que yo sea lo más femenina posible para realzar su masculinidad de cierta forma delega en mi lo que él intenta arreglar para si mismo.

      Así que estoy muy de acuerdo con la necesidad de un levantamiento social, solo que veo una fragmentación que me da pena. Si yo digo que soy feminista y que me molesta que en la calle me hagan “piropos” inapropiados, Alex se ríe de mi… para después quejarse de que otra vez le han tratado de mujer. La problemática es la misma, pero parece que es difícil aceptar que lo de la igualdad de genero aún queda muy lejos si te puedes “simplemente” cambiar de sexo. Por lo menos Alex atribuye todo su malestar de haber tenido que vivir como mujer al “haber tenido que”, aunque a veces el problema en la sociedad ya empieza con si eres considerada mujer.

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